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martes, 13 de septiembre de 2016

HAKUNA MATATA.



(ADVERTENCIA: Los hakunas, desde hace 12 años, son textos dedicados a tratar de entender cuestiones muy complejas o aburridas, a través de la vida común, aderezados con experiencias propias y cultura popular, expresando siempre mis puntos de vista.)

Dos personas quieren rentar la casa de a lado, una de ellas, nos conoce, de hecho se dedica a los bienes raíces, además ya fue nuestra vecina con su esposo y su hijita hace algunos años, nos conocemos bien y sabe de nuestras carnes asadas, de nuestro gusto arraigado por adornar la casa en septiembre, noviembre y diciembre, de nuestras mascotas, plantas, etc.

El otro, es un ricachón que piensa que llega a vivir a un club de golf (obvio no), se siente hecho a mano, en su burgués y primitivo punto de vista, sus vecinos le parecemos nacos, quizá por morenos, quizá por fiesteros o porque tenemos un rambler, pero eso le parecemos, nada más alejado de la realidad, somos buenos vecinos, diferentes, pero decentes, respetuosos, compartimos más que la vecindad y las áreas comunes, tenemos que ayudarnos, procurarnos, simplemente no podemos ignorarnos. Le tengo que explicar que no debe de preocuparse ni alarmar a su familia, por el contrario, si nos entendemos bien, aunque nos diga nacos, los vamos a invitar a los asados y, estoy seguro, va a venir y hasta le vamos a poner para llevar… En fin.


Nunca, jamás en la vida me he peleado, he estado a punto de hacerlo, me he enojado, incluso he llegado a tener momentos muy tensos con desconocidos con los que una disculpa, sea o no mi culpa, ha bastado para evitarme un ojo morado o algo peor.

De niño, en uno de esos viajes de 2 cuadras en bicicleta para ir por el pan, un par de compañeritos de cuarto de primaria querían mi bici, y francamente tenía mis dudas sobre el tiempo que pretendían tenerla, por lo que me negué, aduciendo que mi mama me estaba esperando y me tenía que ir, acto seguido, me pusieron mis zapes y me pegaron sus chicles en el cabello (no siempre he sido calvo).

De regreso en la casa, llorando de coraje y entusiasmado por la historia de éxito de Daniel LaRusso, el karate kid de mi época, mientras mi mama me quitaba los chicles del cabello, yo repetía llorando de coraje, quiero clases de karate, tengo que ir a clases de karate.

Mi mamá, se limitó a resignarse y encaminarnos con Don Carlitos para que arreglara la tusada que me acababa de poner.

Obvio jamás fui a clases de karate, aunque cierto día me llevaron a visitar el dojo de tae Kwon do que estaba arriba de la panadería “el molino azul” en la colonia Morelos, ¡vaya ironía! Lo que si aprendí, porque me lo enseñaron en casa, fue a enfrentar a los bravucones y a los acosadores, sin darles gusto permitiendo que sus ofensas o molestias me afectaran, entonces, si me decían gordo, feo, tonto o lo que fuera, simplemente no me afectaba, era una manera arrebatada de irritarlos todavía más, pero al final o nos hacíamos cuates o terminaban por cansarse y dejarme en paz.

Ser hijo de un político y funcionario de gobierno, en mis épocas infantiles y juveniles,  fue un orgullo, adoraba la manera en la que mi papá saludaba y conocía tanta gente, siempre supe que lo que hacía era importante, de hecho, en todas mis escuelas, mi papa fue invitado especial, en la primaria y en la prepa fue padrino de generación, eso nunca me hizo más, pero tampoco menos; sin embargo siempre estaba latente que la gente nos criticara o señalara, sin motivo, pero que lo hicieran; eso también me ayudó a desarrollar más resistencia a las críticas, porque además siempre fuimos una familia muy normal, en aquella época no había escoltas, ni carros blindados, íbamos a la escuela más cercanas a la casa, lo que nos exponía menos, claro que tampoco había facebook.

En fin, no me enseñaron a huir o evitar los problemas, sino a enfrentarlos, incluso a ganarme a aquellos que me criticaban o que no me querían, así me gane el respeto de los de la prepa, ganando concursos de oratoria o metiendo goles, cuando ellos me gritaban cualquier cantidad de bellezas y lo he seguido haciendo toda mi vida.

Enfrentar los retos no implica hacerlo con la fuerza o con bravuconadas, porque, aunque siempre es emocionante que alguien se ponga bravo en una defensa, las consecuencias siempre son funestas.


LA FAMILIA.

Seres que se aman, se cuidan, se ayudan y le procuran a los menores, mejores condiciones siempre, nos une el amor y nada más.


EL POTRILLO.

Después de su excelente y preciso control de daños por su foto en las Vegas y porque tiene unas canciones muy buenas, me fui con la familia, mi mamá y mis suegros a ver al Potrillo, que no posee el poder escénico de su papá ni la chispa de Juanga, ni la picardía de Joan, incluso, la propia Oli manifestó haberse prendido más en el concierto de Sabina.

Como sea, pude darme cuenta que los mexicanos en el auditorio nacional, se emocionaron mucho, muchísimo, con el “México lindo y querido” y el Potrillo, desaprovechó la gran oportunidad de gritar: ¡Viva México!

Creo que así andamos todos, con muchas ganas de gritar ¡Viva México! De que algo nos identifique y nos signifique, ojala pronto lo encontremos y que le atinemos a algo que valga la pena y nos haga prosperar. 

¡Viva México!

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