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jueves, 21 de junio de 2012


NO HABLAR MAL DE NADIE.

LAS REGLAS DE ORO 3

 Si esta les suena difícil, esperen la cuarta, sin embargo es la regla más fácil de cumplir y por lo mismo la más fácil de romper.

Metido en este proceso de la dieta en cetosis me he dado cuenta de que lo más fácil de la dieta es seguirla a pie juntillas pero también es igual de fácil romperla, desde luego que los resultados son notoriamente diferentes, para empezar está el sentimiento de culpa desolador y obviamente la consecuencia funesta de no cumplir con el objetivo.


 No les voy a mentir diciéndoles que no es placentero romper la dieta y darme gusto con un antojo feroz, porque hambre no me da, lo que me regresa al tema de la regla de oro de Baz y me hace pensar en ¿qué satisfacción encontramos al hablar mal de alguien?.


Honestamente debe haber un gusto, una satisfacción en todo aquello que hacemos voluntariamente, hay otras cosas que tenemos que hacer o por las que tenemos que pasar que no dan ni gusto ni satisfacción, probablemente algo de consuelo o tranquilidad al pasarlas, pero ahí no hay de otra, la diferencia entre lo que queremos hacer y lo que tenemos que hacer radica específicamente en la satisfacción del hecho.


Por ello me resulta incomprensible que la gente disfrute o encuentre algún tipo de satisfacción hablando mal de alguien más, no es ni siquiera sano para nosotros mismos y ver o escuchar a alguien refiriéndose así de otra persona, regularmente ausente en ese momento, nos refiere que eso mismo puede hacer el interlocutor de nosotros en nuestra ausencia.


“Hazte de fama y échate a dormir” dice el dicho, y es precisamente lo que pasa cuando alguien se vuelve chismoso, mentiroso, solapador o injurioso, cuando le quieran adjudicar una falta, cuando le quieran colgar un muertito, no habrá mayor problema en creerlo, porque precisamente esa fama ganada lo antecede; incluso, aplicando otro dicho que reza “maté un perro y ya soy el mataperros”, no salvamos al sujeto, pues basta una sola ocasión de oírlo despotricar para que deje sentado el mal antecedente.


En la política y en la vida –como podrán darse cuenta ambas cosas muy similares- la honestidad y la prudencia son valores fundamentales para ser dignos de otorgar o recibir confianza, pues se trata de muestras universales de madurez, de serenidad, de autocontrol y de congruencia.



Tuve mi propia experiencia enriquecedora muy temprano en la vida, en primero de secundaria, en la gloriosa 5 anexa a la Normal la maestra Alicia Hernández de ciencias naturales organizó una ida al museo del calvario, puntual como siempre llevé mi dinero para el pase y todo eso, un billetote de diez mil pesos recuerdo, que nunca llegó a ser el pago del mentado viajecito, pues una niña alegó que aquel dinero le pertenecía y sin más la maestra lo sacó de mi bolsa para entregárselo a la escuincla aquella sin mediar mi derecho de audiencia.


Enojado, indignado y confundido, me dediqué a referirme a la pequeña compañerita como “la cebolla”, (estaba para llorar) y en algún momento hable mal de ella entre mis cuates e incluso me atreví a despedirme con el famoso mote que colocó nuestro compañerito López Portillo, que dicho sea de paso rebautizó a media generación, la otra mitad se la echó la Sunyol.


Más tarde, preocupado por el asunto de la lana y entripado por el coraje, me dispuse a relajarme como solo los hombres de 12 años sabemos hacerlo: yendo a jugar futbol; ya de regreso en la casa, mi mamá con una cara de sorpresa, gusto, complicidad y algo de indignación, ésta muy fingida, me interceptó para decirme que para mi mala suerte ese día mi papá había venido a comer y que en el preciso momento de la sopa aguada, aparecieron la cebolla, sus carnalitos y su abuela, con un palo en mano, para reclamar airadamente la ofensa que yo había perpetrado contra el honor de la familia.


Aguantándose la risa, mi papá me dio aquel derecho de audiencia tan anhelado en la mañana y me permitió llorar como la magdalena y explicarle con lujo de detalle la verdad y los motivos de mi angustia y coraje. Desde luego que Don Jaime aprovechó para darme una lección de cómo tratar a las personas, de cómo enfrentar las injusticias y de cómo ser digno y respetuoso incluso en los momentos más difíciles.



A años de distancia agradezco a la vida que haya sido en esas circunstancias como aprendí el arte de la prudencia, de otro modo, en otro momento realmente difícil, seguramente me hubiera sido más doloroso.


Pero aprendí además algo igual de valioso, que aquella oportunidad que me dio mi padre de explicarme no la iba a tener siempre, que debía de andar cuidado por las ramas pues no todos me iban a tener tal consideración; la cebolla siguió su camino sin que de mi parte jamás volviera a haber sentimiento o expresión alguna, el mundo era demasiado grande para los dos y para la maestra Licha, incluso para la santa abuela del palo vengador.



No hablar mal de nadie habla bien de quien lo práctica y obviamente hablar mal de alguien habla peor de quien lo hace.



Antes de concluir esta serie de 4 entregas de hakunas dedicados a las reglas de oro de Baz, quiero recomendarles el documental que sobre la vida del Doctor Gustavo Baz Prada, realizara el cineasta toluqueño Gerardo Lara y que se llama “El volcán”, es una pieza única, una obra de arte que merece difusión y reconocimiento, porque habiendo tantos mexiquenses distinguidos, Lara fijó sus esfuerzos en el emblemático médico revolucionario de Tlalnepantla.



PD. Contaban que en algún recorrido con su nieto, el Doctor Baz escuchó: “Abuelo, tienes nombre de calle”.

La mayoría de los humanos no tendremos nombre de calle, pero habrá que ser ejemplo de buen vivir, para que nuestros herederos ostenten con el mismo orgullo que nosotros, el buen nombre que nos ha sido heredado.

Cetosis en progreso: -21 y contando. (pronto dejare de tener peso de frecuencia de radio)

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